16 años

La chica apenas contaba 16 años cuando la conocí. Era una mariposa perfecta. Su padre la llevó aquella noche al restaurante y mi alma de coleccionista se abrió, pero Helena, así se llama, jamás pertenecerá a nadie y sus alas se desplegarán libres. Tengo mi código.

– Por favor, puede felicitar al chef.- El padre
– No hace falta caballero, enseguida sale.- El camarero

Aparezco.

– Mi enhorabuena Matías. Una cena sublime.
– Muchísimas gracias Horacio, un placer siempre verlo por aquí.
– Amigo mío, le presento a Helena, mi hija, celebramos su próximo 16 aniversario.
– Un placer señorita, espero haya disfrutado de la cena.

Helena entorna los ojos tímidamente y se ruboriza un poco. Mi corazón late rápido. Mantengo la compostura, soy un profesional.

Esa noche salí de caza.

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Incontinencia verbal

Las 03.11 de la madrugada. Ella sigue hablando en tono monocorde e impasible. Ya hace rato que no la oigo, mis oídos han desarrollado sordera parcial a su grave frecuencia. Solo se que en Valencia se vive muy bien. El tráfico unidireccional de palabras golpeantes anula cualquier comprensión por mi parte. Observo sin darme cuenta como le crecen alas desde la espalda.

Me impresionó. Alta, bella, sofisticada…me quede mudo. Lo peor que pude hacer. Estaba lista para salir, apenas un retoque y 20′ después bajó al vestíbulo del hotel donde se alojaba. Yo mientras tanto compre rosas y sonrisas. Todavía mandaba el recuerdo. Teníamos reservada una mesa en el “DiverXo” a las 22.30. Llegamos a tiempo, sin en el más mínimo signo de cansancio alguno por su parte. La combinación de texturas, formas y sabores que ofrece mi amigo David apenas la detuvieron, el vino la empujó en su incontinencia. Es difícil comprender como un vendaval de sonidos pueda sepultar bajo su peso semejante belleza, quizá por que soy silencioso y un tanto apocado, no se… lo cierto es que se me antojó la bruja mala del norte.

– Matías…me estás escuchando, pareces en la luna
– Si…si, claro Ana

las 03.15 de la madrugada. El bar de copas se está despoblando y los ocelos de sus alas son claramente visibles.

Reencuentro

– Matías, Ana te está mirando
– Que va! No es a mi
– Estaré yo tonto… si pone una carita que pa’que. Anda sácala a bailar
– Seguro… no se…

En el coche camino a “Puerta de Atocha” silencio envuelto en eco de vodka, apenas unos acordes… trazos de Rachmaninov resuenan débilmente en mi cabeza. Son las 20.30 en media hora con tráfico fluido estaré en las estación. Ana.

– No la sacaste, eres un idiota
– Y tu un imbécil
– Bah!! Pringao

A las 21.24 llega el tren de Valencia. Hace años que vive allí. Mientras espero en el andén observo el movimiento de hormigas humanas en cámara de alta velocidad. En parte me gusta, en parte son los nervios. Cuantos años? No me acuerdo. Me localizó por el restaurante, las modas pasajeras juegan con nosotros. El dueño es feliz y yo adquiero prestigio. Por qué? Me llamó, se presentó, me recordó levemente el pasado y me dijo que se venía el jueves 29, es decir hoy.

Ya no tiemblo por fuera ni por dentro. No me lo puedo permitir, ni en mi trabajo, ni en mis aficiones. Solo quedan 10 minutos. Ana.

Esta obsesión es como un surco de un “long play” rallado Ana, Ana, Ana. No debo implicarme, han pasado 20 años. No importa, ahora se que jamás será una mariposa. Solo tengo una foto de “wasap”, espero que sea suficiente para reconocerla.

21.24. Hormigas que bajan de vagones y suben rampas. Entre los pequeños insectos destaca una figura de espléndida melena negra y vestido rojo, tacón alto y andar seguro. No parece que salga de un tren…

– Matías!!!!- La mujer de rojo me ha reconocido. La mujer de tacón alto es Ana. Es el momento de esconder el alma. Se acerca hacia mi haciendo aspavientos. Dos besos cruzados antes de respirar.
– Ana! Vaya… no se que decir, estás guapísima.
– Ay, Matías!! 20 años esperándote decir eso.- Su risa franca me enlaza a ella sin quererlo.

Unos minutos de esto y aquello y salimos al mundo real… No estoy en condiciones de decidir nada.

Transmutación

Concierto para piano nº 2 en Do menor de Rachmaninov. Vinilo en perfecto estado. La piel erizada y mi cuerpo transpirando. Una obra sublime y trágica. Se funde el dolor orquestal con el vodka helado. Apago la penumbra al descorrer las cortinas. Ana.

Reencuentro con las tardes de verano en el pueblo. Con las miradas calladas de azul líquido que nunca supe leer. Con mi miedo. Me sirvo un tercer vodka, lo puedo tolerar. Me fascina su densidad de cristal entrando en la copa. Relajo el espíritu. Dentro de dos horas he de recogerla en “Puerta de Atocha”.

La ducha helada como el vodka, quema los fantasmas. Hoy no quiero ser Matías. No deseo borrar sus ocelos. Anhelo descubrir el secreto de sus ojos. Inventar una historia que nunca existió, cambiar mi pasado acaso por una noche.

Se que nunca dejaré de ser Matías… pero Ana me espera y esta noche cruzaré el espejo e inyectaré de humanidad mi sangre. Las mariposas permanecen ocultas.