Inmigrante

A Jacinto se le cae la tristeza por los ojos. Cuando ves a Jacinto no puedes dejar de pensar: Es un buen hombre. Su presencia sin ruido transmite confianza y ternura. En Sierra Leona era profesor de inglés, en España empieza a clarear su piel de betún bajo el sol del top manta.

Un día entré en su vida, de casualidad, por una puerta chiquita que dejo abierta una noche de jazz y smirnoff. Fue en un club nocturno donde los jueves le dejan tocar el saxo. El “Summertime” de Charlie Parker hizo cuatro trocitos de mi corazón. Cuando acabó me acerqué a felicitarle por lo que a mi me pareció una sublime interpretación. Después, sonrisa abierta y pequeños golpes de vodka helado. Jacinto hablaba cadenciosamente, con ese punto de amargura que la soledad le ha regalado. Supe de su mujer y sus dos hijas, me enseño sus fotos viejas y riendo me dijo que ahora vivía con cinco hombres en un pisucho del extrarradio, que cuanto había perdido con el cambio. Que no sabía cuando podría traer a su familia pero que tiraba pa’ delante.

  • Sabes, esto es jodidamente duro.- Las cinco de la mañana de vodka y nostalgia.

No le contesté. Qué le iba a contar yo? Pedí otra ronda y hablando de saxo, África y entrañas nos sorprendió el alba. Pronto tendría que buscar su sitio, pronto tendría que correr de nuevo a la voz de “policía”, pronto se le teñirá el alma de blanco.

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