El margen de la locura I

Hace años que ocurre: me desdoblo.
No se como, no se porque. Lo único cierto es la extraña similitud de mis distintas realidades.

Hoy, con un poco de alcohol, siento la necesidad de contarlo, es algo que me explota, que, aunque sea increíble, no puedo callarlo ya.

No estoy seguro del todo del orden de los acontecimientos, pero creo que así empezó todo:

Circulo solo por la vida. Mis amigos me aburren, siento ser tan crudo, pero cinco años perdiendo el tiempo de mil maneras estúpidas son muchos. Llegó el momento de respirar sin ellos.

La calle está silenciosa esta noche, no creo que se anime la cosa, se intuye de plomo. Salgo solo, algo que se está convirtiendo en cotidiano. No lo pienso demasiado. Me acerco a “La casa de hojas”, es un bar de copas de buena música y gente conocida, todavía no soy un solitario de licores nocturnos.

No quiero explayarme, no quiero adornos, no voy a describir nada. Me limitaré a decir que la pelirroja está sentada en un taburete de barra con una amiga, una amplia sonrisa y una chupa vaquera. Me mira sin apenas disimulo, hay poca gente y me acerco a contarle lo que se me ocurre, sin demasiado sentido supongo. Algo se dispara en mi, intento que no lo note. Después de dos cervezas y una conversación ya más afortunada me invita a acompañarlas a cenar a un bar cercano. Nos divertimos e insinúa donde podré encontrarla. Demasiado rápido para mi tasa de éxito, pero a veces la vida te sorprende.

Fue el primer punto de inflexión…

 

No aprendimos a envejecer

Y no es que no te quiera
y no es que no me quieras

Es que nos hacemos viejos
y no hemos sabido dejar un hueco
Para reencontrarnos cuando el hastío aprieta

Y es que, amor mío, si tu y yo en algo somos iguales
Es en tener enrocada la inquietud en el alma

Como si al escrutar el amplio mar azul
Quisiéramos abarcarlo todo
De una sola y profunda mirada

De negocios con el diablo

Esta mañana me he levantado con la firme convicción de vender mi alma al diablo a cambio de que resolviera un asunto para mi de suma importancia. Me ha respondido que ni hablar. Que tengo el alma muy desgastada para semejante propósito y que lo más que me podía ofrecer eran media docena de bricks de leche desnatada para el orfanato que hay en el barrio o a todo caso el amor de la septuagenaria del quinto. No le he replicado, para qué? El que sabe de estos negocios es él y ya está.

De todas formas me quedé un poco contrariado y al ver reflejada la desilusión en mis ojos me ha invitado a desayunar trompetas de la muerte y choricillos al “diablo” deliciosamente picantes.

Por lo menos he llegado a la conclusión de que es un excelente conversador y los chorizos estaban divinos.

Fragmento de “Pensamientos entrópicos a la hora del desayuno” del sr. Tonooi.

Sueños

Estaba soñando con Dios pero he desistido pues es una abstracción demasiado grande para mi pobre cerebro, así que he dispuesto en mi campo onírico a unas bellas hippies treintañeras, algo, por otro lado, mucho más saludable para mi higiene mental (Mi código ético-onírico no me permite bajar de las de 30).

Ya bajo el dulce sol de una tranquila playa californiana, la cosa prometía… Pero estaba claro que algo tenía que pasar, y pasó: De un autobús ha bajado una joven amish tapada de cuello a tobillos y ha descargado una tormenta. Las hippies huyendo y yo empapado.

Me he despertado pensando que pueda que no comprenda a Dios, pero Él si sabe apañarse para fastidiarme el día.

En fin, voy a desayunar yemas de santa Teresa con algo de secante* que me he traído del sueño.

Fragmento de “Pensamientos entrópicos a la hora del desayuno” del sr. Tonooi

* Forma de presentación del LSD