El margen de la locura I

Hace años que ocurre: me desdoblo.
No se como, no se porque. Lo único cierto es la extraña similitud de mis distintas realidades.

Hoy, con un poco de alcohol, siento la necesidad de contarlo, es algo que me explota, que, aunque sea increíble, no puedo callarlo ya.

No estoy seguro del todo del orden de los acontecimientos, pero creo que así empezó todo:

Circulo solo por la vida. Mis amigos me aburren, siento ser tan crudo, pero cinco años perdiendo el tiempo de mil maneras estúpidas son muchos. Llegó el momento de respirar sin ellos.

La calle está silenciosa esta noche, no creo que se anime la cosa, se intuye de plomo. Salgo solo, algo que se está convirtiendo en cotidiano. No lo pienso demasiado. Me acerco a “La casa de hojas”, es un bar de copas de buena música y gente conocida, todavía no soy un solitario de licores nocturnos.

No quiero explayarme, no quiero adornos, no voy a describir nada. Me limitaré a decir que la pelirroja está sentada en un taburete de barra con una amiga, una amplia sonrisa y una chupa vaquera. Me mira sin apenas disimulo, hay poca gente y me acerco a contarle lo que se me ocurre, sin demasiado sentido supongo. Algo se dispara en mi, intento que no lo note. Después de dos cervezas y una conversación ya más afortunada me invita a acompañarlas a cenar a un bar cercano. Nos divertimos e insinúa donde podré encontrarla. Demasiado rápido para mi tasa de éxito, pero a veces la vida te sorprende.

Fue el primer punto de inflexión…

 

Desconexión I

El cielo pálido de marzo se descubre mientras Carlota asume lentamente las tostadas y el zumo. No tiene hambre, mañana es su debut en el auditorio y su estómago no existe. Muchos años pueden volar en un solo día. Está un tanto confusa, y no solo por el estreno. Su madre, su gran apoyo, su ánimo, está callada, ausente. Piensa que es extraño, conociéndola tendría que estar loca de emoción.
Fantasmas, eso es, la ciudad está poblada por lánguidos espíritus que la habitan en quieto silencio.

  • Mamá, no notas nada raro, como si la gente se hubiese apagado desde hace 5 días.
  • No querida, estás alterada por la función de mañana, no hay más.
  • No se…
  • Tranquila. Cómete las tostadas.

“El día de los trífidos”, “La invasión de los ultracuerpos”. Joder con el bibliotecario que me las recomendó, me hace ver lo que no hay… serán los nervios, eso es… los malditos nervios.

Las nubes quietas clavadas en el aire seco, no sopla el viento en en este tiempo detenido. Me acerco hasta la playa paseando cruzándome con transeúntes ciegos. Nadie parece tener destino. Olvido todo y me centro en la música de mis auriculares. Oigo algo de rock que me desmarque del concierto de cello que aguarda impasible a mañana. Mis pasos son deliberadamente lentos, no tengo prisa. La playa está desierta y el mar mudo. Pierdo toda noción del tiempo.
Cuando llego a casa es tarde pero no parece importarle a nadie. Un beso frío de mi madre mientras me dice que tengo la cena preparada. Algo ligero y un poco de fruta. Recuerdo en la calle a unos músicos callejeros tocando temas de “Zaz”, eran los únicos que sentí vivos. Tengo una perdida de Renata. Tengo miedo de llamarla, no podría soportar que mi mejor amiga también fuera una zombi.
Renata toca la batería en un grupo garage. La llamo.

  • Hola Carlota, te he llamado, solo quería desearte suerte para el concierto.
  • Gracias… Oye… No notas nada extraño?
  • Como que?
  • Es difícil de explicar… La gente, está como si les hubiesen bajado el volumen, incluso mi madre…
  • No le había dado importancia, pero ahora que lo dices… es posible…
  • Me siento aislada, o lo que es peor, rodeada de gente sin sabor.
  • Mira que te gustan las metáforas.
  • Lo digo en serio
  • Ya, te creo, siento algo parecido…
  • Me quitas un peso de encima. Creía que era la única.
  • Bueno, no le demos demasiada importancia, veremos mañana. Te tengo que dejar. Ciao Carlota
  • Ciao

Ahora no me siento tan sola, a pesar de ello la intranquilidad me recorre la columna. Sucede algo que no puedo definir. Como sonarán los aplausos, si los hay, mañana. Solo los puedo imaginar sordos y helados.

El viaje de Blanca II (En Roma)

  • Ragazza una rosa per la sua bellezza.- Un joven vendedor que parece romano.
  • Grazie mille. Quanto devo?- Le respondo con una amplia sonrisa.
  • Niente, niente, solo sorridere. – Pienso que los viejos romanos nunca mueren.

Roma. Tengo previsto quedarme dos noches. Dos noches en las que me reflejaré. Me sentaré en la escalinata de la Piazza de Spagna y observaré. Veré como se mueve la ciudad. Las caras, las risas, las prisas, los nervios, las cámaras, los besos, los enfados. Respiraré con una rosa en la mano el pulso de la vida. No tengo ninguna intención de hacer turismo ni de hablar con nadie, solo deseo inspirar aire y gente.

No se trata de una sesión de introspección, es lo que menos deseo ahora. Solo busco serenidad sin preguntas ni respuestas. Bañarme de sol romano por el día y dejar que la fresca brisa me acaricie por la noche. Todavía siento el peso de la nada, pero se que se va ahogando poco a poco, que ya no tengo que forzar la sonrisa. La nada ahogada en el río que fluye. Es una opción, una posibilidad que hasta hace poco era incapaz de ver.

La tarde callejeada. La gran ciudad palpitando. Coches, ruido, gentes, tiendas, todo gira a mi alrededor. Velocidad pura, vértigo. Siempre me ha inquietado la prisa y las ciudades tienen prisa. Ellas sabrán donde quieren ir. Yo paseo despacio, absorbiendo el movimiento, traduciéndolo a silencio.

Ceno en “la casa de la fornarina” en el Trastevere. Una casa antigua que habito la amante de Dante. Tiene un precioso patio interior, un jardín salpicado de manteles a cuadros rojos y blancos y una excelente cocina a buen precio. Visto algo desaliñada, es mi estilo y el del barrio. Disfruto del vino y la comida, y discretamente del resto de comensales, sus roces de mano, sus palabras y sus miradas. Pienso en que haría yo si fuese una parte de esas románticas parejas. No lo se, nunca he buscado esas situaciones y mi herida es aún demasiado grande, pero también se que tengo tiempo, soy joven; respiro profundamente. Siempre he nadado contracorriente, imagino que por rebeldía o por carácter. Pero quiero aprender, quiero aprender que no existen direcciones ni sentidos, que puedo sumergirme y volar. La media botella de vino me desliza entre los clientes. No puedo reprimir sentirme feliz mientras cruzo el jardín camino de la recepción. No me importa que sea el vino, a fin de cuentas solo es un catalizador. Pago y paseo por el viejo barrio de animado ambiente.

La pensión que he reservado esta cerca, es sencilla, pero confortable. Duermo con la sonrisa puesta.

Regreso

Ulises no se conoce así mismo, él cree que si, pera la realidad es que no. Todas las mañanas besa a su mujer, desayuna frugalmente y se dirige al trabajo. Todas las tardes se queja de las diversas visicitudes que ocurren en el mundo, de los problemas del país y el trabajo y apenas nada más, acaso una cerveza fría de mirada vacía con charla insustancial. Todas las noches da un beso a su mujer y se duerme mirando al otro lado. Los fines de semana son ligeramente distintos, a veces van al centro comercial, aunque él, poco más hace que pasar la tarjeta. Y por la noche barbacoa, “American way of life” con unos anodinos amigos con los que habla de nada.

Una noche Ulises tuvo un sueño, soñó con mares, islas, cíclopes y sirenas, también con flores de loto. Al despertar se extraño mucho, él es un hombre serio, y los hombres serios no sueñan; sin embargo vio que su mujer era bonita y la beso con un poco, solo un poco, más de pasión. El desayuno le supo mejor y en el trabajo descubrió que algunos compañeros sonreían. Por la tarde aunque siguió quejándose de todo, no supo muy bien porque lo hacía. Por la noche empezó a enamorarse de su mujer, una extraña sensación estremeció todo su cuerpo al contemplarla, pero no la supo descifrar. Esa noche durmió inquieto y no se atrevió siquiera a mirarla, acurrucado en un extremo de la cama. El fin de semana, envalentonado, invitó a su desconocida mujer a un buen restaurante.

Ella deslumbraba; su melena roja ondulada, la sonrisa empezando a despertar, los ojos verdes aún jóvenes… la dulzura de su rostro. Dispuso para la ocasión un vestido corto azul francia de gasa que volteaba a su paso. Ulises apenas pudo contener su asombro.

La cena, la luz, el vino. Estaban en un mundo despierto y tímidamente empezaron a mirarse, casi no hablaron, no hacía falta en ese momento. Al salir, Ulises le cogió la mano, no recordaba que fuera tan suave, y caminaron lentamente.

  • Penélope, mi amor, tu me quieres?- Le pregunta con voz callada.
  • Eres mi alma.- Responde con ojos de agua.- He esperado tanto tiempo.
  • Esperado?. Lo siento yo…
  • Shhh!.- Dice con el índice en los labios y la mirada entornada. No digas nada, solo bésame.

El amanecer los descubrirá abrazados, piel sobre piel. El vestido de gasa en el suelo.

El viaje de Blanca (prólogo)

Me llamo Blanca y morí a los 22 años. Esto no es un cuento de bellos vampiros, simplemente estoy muerta. Toda historia tiene un comienzo y un fin. Podría intentar empezar por el principio, aunque no esperéis demasiado, no voy a contar casi nada. Solo es un pequeño prólogo… digamos que me han pedido un favor.

Fui la última hermana de una familia numerosa, a mi madre se le acabaron los nombres y al verme por primera vez tan blanca de piel… no pudo sino llamarme Blanca, vamos, parecido a Blancanieves; aunque claro, yo nunca tuve esa alma tan pura, nadie la tiene, solo la bendita Blancanieves.

Mi vida no fue fácil, mi hermano piensa que es por mi terrible sensibilidad incapaz de adaptarse a este mundo. Algo de razón tiene, pero las cosas no son tan simples; son ecuaciones de actos y derivadas de vida. Siempre hay consecuencias. No me arrepiento de estar muerta, solo me fastidia el pedazito de vida que les rapté a mi madre y hermanos. Ellos también padecen de “sensibilidad” pero cada uno a su manera han ido tirando. La vida son opciones, ellos han elegido vivir, sufrir y a ratos… ser felices.

Alguien os va a contar que estoy viva y me escapé a Nápoles… podría ser, al fin y al cabo solo son palabras lo que leéis. Podéis creer cualquier cosa. Yo me he presentado así, muy escuetamente…de cualquier forma, porque este relato no es mío, no voy a decir nada más salvo que a los 22 años era rubia de ojos azules y bonita…es muy poca información, lo se, pero ya os comenté que yo no escribo esta historia. Él la escribe, él os la cuenta y sabe que estaré de acuerdo con lo que diga, porque de algún modo, siempre estamos unidos.

Un beso a todos

Blanca