El viaje de Blanca II (En Roma)

  • Ragazza una rosa per la sua bellezza.- Un joven vendedor que parece romano.
  • Grazie mille. Quanto devo?- Le respondo con una amplia sonrisa.
  • Niente, niente, solo sorridere. – Pienso que los viejos romanos nunca mueren.

Roma. Tengo previsto quedarme dos noches. Dos noches en las que me reflejaré. Me sentaré en la escalinata de la Piazza de Spagna y observaré. Veré como se mueve la ciudad. Las caras, las risas, las prisas, los nervios, las cámaras, los besos, los enfados. Respiraré con una rosa en la mano el pulso de la vida. No tengo ninguna intención de hacer turismo ni de hablar con nadie, solo deseo inspirar aire y gente.

No se trata de una sesión de introspección, es lo que menos deseo ahora. Solo busco serenidad sin preguntas ni respuestas. Bañarme de sol romano por el día y dejar que la fresca brisa me acaricie por la noche. Todavía siento el peso de la nada, pero se que se va ahogando poco a poco, que ya no tengo que forzar la sonrisa. La nada ahogada en el río que fluye. Es una opción, una posibilidad que hasta hace poco era incapaz de ver.

La tarde callejeada. La gran ciudad palpitando. Coches, ruido, gentes, tiendas, todo gira a mi alrededor. Velocidad pura, vértigo. Siempre me ha inquietado la prisa y las ciudades tienen prisa. Ellas sabrán donde quieren ir. Yo paseo despacio, absorbiendo el movimiento, traduciéndolo a silencio.

Ceno en “la casa de la fornarina” en el Trastevere. Una casa antigua que habito la amante de Dante. Tiene un precioso patio interior, un jardín salpicado de manteles a cuadros rojos y blancos y una excelente cocina a buen precio. Visto algo desaliñada, es mi estilo y el del barrio. Disfruto del vino y la comida, y discretamente del resto de comensales, sus roces de mano, sus palabras y sus miradas. Pienso en que haría yo si fuese una parte de esas románticas parejas. No lo se, nunca he buscado esas situaciones y mi herida es aún demasiado grande, pero también se que tengo tiempo, soy joven; respiro profundamente. Siempre he nadado contracorriente, imagino que por rebeldía o por carácter. Pero quiero aprender, quiero aprender que no existen direcciones ni sentidos, que puedo sumergirme y volar. La media botella de vino me desliza entre los clientes. No puedo reprimir sentirme feliz mientras cruzo el jardín camino de la recepción. No me importa que sea el vino, a fin de cuentas solo es un catalizador. Pago y paseo por el viejo barrio de animado ambiente.

La pensión que he reservado esta cerca, es sencilla, pero confortable. Duermo con la sonrisa puesta.

2 thoughts on “El viaje de Blanca II (En Roma)

  1. Max 28 mayo, 2014 / 6:18 pm

    Que conozca , Roma es el único sitio donde hasta la mugre es bella, en El Cairo es polvo aunque con historia, en Praga o Budapest tienen clase pero pasadas de moda , pero Roma hay que mirarla con ojos de miope y los geniales italianos inventaron la palabra “patina” y todo resuelto.

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