Pupilas (Tercer día. Ella)

Me levanto con niebla, me cuesta respirar y razonar. La cama está revuelta y el sudor gélido. Tengo que buscar el aire y hoy no está en París. Es temprano y cuando me doy cuenta estoy en la fría madrugada camino de la estación, a estas horas hay poco tráfico y nula luz. Siento que soy un sueño, un sueño imperfecto. Me ahogo, me trago una “benzo” sin agua… poco a poco el tiempo fluye.

Apenas llego a la estación de Montparnasse me sacude mi realidad. Intento llamar a Max, explicarle mis motivos, no se merece esta huida, pero mi cobardía sigue al alza, al marcar el tercer número cuelgo y desconecto. Estoy jodida conmigo misma. Qué ha sucedido? La calma, la paz, Max… Ayer ilusionada, no podía esperar a saber su opinión, cuasifeliz, una esperanza… y hoy, eclipse de alma. A las 8 y 8 parte el TGV hacia Rennes, un bollo blando y un chocolate espeso. Instantes después estoy acomodada en el vagón.

Asimilo la situación y empiezo a disfrutarla, ya vendrán los reproches. Hace unos meses leí un artículo sobre la bretaña, dedicaba un pedazito de espacio a Vitré y Fougères, dos villas que apenas llegan a villas, pero conservan todo su fascinación medieval, como si el tiempo se hubiese detenido en ellas. Podría comprobarlo por mi misma, regarme de pasado. El tren parará en la estación de Vitré a las 10 y 22. Amalgamo mis ideas con una “leffe” rubia en el coche-bar y dejo que mi montaña rusa emocional se detenga y se acomode mi espíritu.

Vitré. Las casas medievales de entramado de madera, las angostas callejuelas de piedra…La felicidad de ver una ciudad gótica entera. Dejo a un lado mi momento “Stendhal” y me procuro información. Es una coqueta ciudad en la que todo queda cerca, me han recomendado un pequeño restaurante, “Le Petit Bouchon”, callejearé un rato bajo este sol desinflado ya a media mañana y me acercaré hasta allí.

Bajo la piedra de su piel se esconde un restaurante moderno y acogedor de cocina original a partir de productos del día. Pienso en Max, hubiéramos disfrutado…juntos, espero que me hable cuando vuelva, claro está, si sigue en París. En la única mesa ocupada se sienta un hombre moreno de pelo enmarañado, está de espaldas a mi.

-Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamas
-Con quién hablo? Nunca he estado en Bretaña.
-Sabes a lo que me refiero y no soy nadie, disfruta de la comida, es increíble.

Pierdo el habla, mis músculos se contraen y un ligero temblor recorre mi columna. El hombre ni se ha girado. Por qué me afecta tanto lo que diga un desconocido? Ha ladrado palabras al azar y sin embargo… Recupero mi pulso e intento apreciar la comida. El hombre se levanta, cruza delante mío pero sus facciones son de niebla, es un rostro no concreto.

Hasta que oscurece paseo por la villa, no hay mucha animación, es una lástima, me vendría bien. Trato de no pensar demasiado, así que entro en un bar y me tomo dos cervezas belgas de alta graduación, aún así no termino de comprender que existan rostros de niebla. Lo normal en estos casos: creerme que son figuraciones mías.

Encuentro un hotelito apañado, el colchón y la almohada me gustan, añado el sopor de la cerveza a la ecuación y duermo.

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