Pupilas (Segundo día. Él)

Hay dos gatos paseando por el muro del río, uno blanco y otro negro, saltan hacia mi, en esos momentos solo pienso en vino y colores, me sorprenden un poco, pero al contrario que la mayoría de los gatos, estos no me producen ninguna alteración nerviosa, son esbeltos, elegantes, quizá hayan salido de un cuadro de Manet.
– Hola sr. Max. Dice el gato negro.
– Que tal ayer con la srta. Nuria? Sigue el gato blanco.
La alteración nerviosa ahora si se presenta, invade y paraliza mi cuerpo. Noto que estoy empapado en calor, pero no llueve y que yo sepa el agua refresca. Salto de la cama jadeando, son solo las 4. Estoy en mi habitación.

Me levanto para desayunar, ni pronto ni tarde, ya no he dormido desde las 4 así que tal vez un poco pronto. Después de una ducha sin gatos bajo a desayunar, o más bien a tomar café. Me tomo dos cafés, amargos, líquido humeante que borra completamente gatunos ojos de mi cabeza. El pequeño comedor está demasiado ornamentado, barroco, sencillamente no me gusta, pero el café está bueno. Pienso en Nuria cuando la veo entrar en la sala, está deslumbrante, me fijo un poco… lleva vaqueros, suéter. Caray!! si así la veo deslumbrante es preocupante, por lo menos no se me ha disparado el corazón, de lo contrario igual no llego a fin de viaje.

Me propone un día tranquilo en una charla que evita lo que sucedió ayer. Igual no sucedió nada, pero ahora veo gatos… en fin, trato de no pensar en ello. Hemos decidido pasear un poco por los alrededores, saborear el barrio a ritmo lento, pararemos a comer en cualquier sitio y seguiremos paseando. Me viene bien, todo está resultando un poco confuso, quizá se deba a que mis RPM funcionan como los viejos discos de 78 y esto es un LP de 33 o menos. Intento oír a Juliette Greco en versión mental.

Realmente el día es estupendo, Nuria levita mientras habla, no se si habrá visto “Amelie” para prepararse el viaje, pero yo empiezo a verlo todo en verde y rojo e intento no poner cara de tonto. Creo que lo consigo, me relajo y disfruto.
Bajamos hasta el puente de la Concorde por el Bulevar Saint Germain. Su arquitectura es bohemia y burguesa como si aquí no existiesen tensiones sociales o porque en realidad los bohemios son bastante burgueses. Hay que reconocer que el barón Haussmann se lució con su planificación urbana.
Comemos sin vino, parece feliz, el brillo de sus ojos, los gestos, esa sonrisa que le resbala… Habla de sus proyectos y, tímida, me enseña un manuscrito con uno de sus relatos. Me hace prometer que lo lea esta noche. No me deja ni que lo ojee y por supuesto me pide que sea crítico. Más me vale que no sea muy malo, no me veo capaz de trastornarla lo más mínimo y tampoco es que sepa mucho del tema. En cualquier caso estoy deseando leerlo.

La tarde y la noche siguen por los mismos derroteros. Llegamos extenuados al hotel. Podría decir que ha sido un día de tregua, aunque sigo sin tener claro si estoy solo en esta batalla, si lucho contra molinos de viento. Leeré el relato, me daré un baño, dejaré que me invada el agua.

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